viernes, 15 de noviembre de 2013

El carnicero de Kampala o el Hitler africano.

De la historia que ojalá no se repita


En 1972 luego de su independencia del reino británico, un ignorante payaso vestido de militar se inventó una “GUERRA ECONÓMICA”, una herramienta populista para  ganarse el apoyo de un pueblo ignorante y sin educación y distraer así a la opinión del creciente gasto militar, la corrupción inherente a su gobierno totalitario y el reino de terror que estableció en Uganda.

En esa ocasión los chivos expiatorios fueron inicialmente los israelíes que se encontraban dando asesoría económica y técnica en este país pobre y atrasado del África subsahariana. Después de sacar a los judíos continuó con otro grupo minoritario que se dedicaba principalmente al comercio. Estableció un plazo de 90 días para que todos los asiáticos, tuvieran documentos ugandeses o del Reino Unido abandonaran el país, lo cual condujo a -inicialmente- una escalada de la violencia en contra de este grupo por parte de un ejército brutal que, luego de que se hubieran marchado los asiáticos se volcó en contra de su propio pueblo.

Las masacres y la violencia selectiva se estima que tuvieron un total de entre 100.000 y 500.000 víctimas. Una cifra difícil de precisar por la cantidad de desaparecidos y la falta de información en las zonas más remotas del país

Esta “GUERRA ECONÓMICA” fue el inicio de un gobierno dictatorial caracterizado por el abuso flagrante de los derechos humanos, la represión política, la persecución étnica, los asesinatos extrajudiciales, el nepotismo, la corrupción y la mala gestión económica que Cortó de tajo la producción nacional de Uganda y elevó a niveles sin precedente la pobreza en el país.

El reino de terror de este psicópata asesino y megalómano asoló a Uganda durante 8 años y dejó como herencia una guerra civil que destruyó la cultura y la economía, además de una guerra con Tanzania que terminó con cualquier intento de unidad nacional.

Mientras esto pasaba la comunidad internacional veía a Idi Amin Dada como un payaso, un ignorante soldado con delirios de grandeza, un loco errático y escandaloso que no sería capaz de cumplir con las amenazas que profería. En 1977 un artículo de la revista Time lo describió como «payaso y asesino, bufón de gran corazón».

Hay una película de Barbet Schroeder  “General Idi Amin Dada: A Self Portrait (1974) que vale la pena ver.

Escribí esto porque creo que casi que la única referencia que existe actualmente es la película “El último rey de escocia” y aunque esta "GUERRA ECONÓMICA" no se recuerde mucho por estos lares, en África es un capítulo vergonzoso y siniestro de racismo y violencia.

Tal vez esté paranoico, pero encuentro muchos factores en común entre aquel payaso asesino y el payaso de venezuela. Encuentro coincidencias muy alarmantes entre aquella "GUERRA ECONÓMICA" y la de Maburro, Y me asusta.


Solo espero estar completamente equivocado.

lunes, 1 de abril de 2013

Mi última voluntad



Si algún día la montaña me reclama quiero que me dejes allá. No quiero que me encierren en un cementerio cristiano, no podría estar en un peor lugar pues no me interesan ni el cielo ni el infierno. Ambos me parecen una maldita condena.

Que sirva para algo al menos después de muerto, que los elementos que algún día formaron parte de lo que fui circulen libres por la naturaleza. Que el calcio de mis huesos fertilice la tierra y que el hierro de mi sangre oxide las piedras. Creo que tiene más dignidad ser devorado por los depredadores del bosque que convertirse en pasto de gusanos.

No quiero que me lleven flores, quiero que un bosque crezca sobre lo que fui.

¿Acaso necesitas recordarme? siembra un árbol y ponle mi nombre. Enséñale a las niñas a cuidarlo y a quererlo. Mientras lo ven crecer cuéntales mi historia y cuando te pregunten: ¿Cómo murió mi papá? ¿Cómo murió mi tío? d
iles que no pude quedarme, como tantos, muerto en vida. Conectado a un televisor y teniendo miedo de salir a la calle.

Diles que morí viviendo.

domingo, 24 de febrero de 2013

Parte del todo

Y fue en ese momento, justo antes de despertar, cuando aún no sabía si estaba despierto o seguía dormido que una idea muy clara se fijó en su mente. ¿Será posible resignarse a vivir solamente por cobardía, por temor a la muerte? creía que la pesadilla que estaba soñando era su vida, pero apenas abrió los ojos entendió que la pesadilla era real y que su descanso era estar dormido.

Pasó mucho tiempo desde que tuvo este pensamiento hasta que encontró la fuerza para levantarse. A esa hora del amanecer el sol apenas dibujaba un par de sombras en las nubes que cubrían todo el cielo. Hacía frío, más frío del acostumbrado a esa altura. Sabía que tanto pensar y darle vueltas a su asunto era sólo una estrategia estúpida para escapar o al menos posponer, una decisión que ya había tomado.

El dueño de la cabaña lo llamó desde fuera de la carpa. A esa hora se iba a revisar las redes a ver si algún pez se había ofrecido durante la noche para servirle de almuerzo. Le traía una taza de agua de panela.

— Esto le levantará el ánimo mientras sale el sol.
— Tal vez hoy el sol no salga... y me parece mejor así
— Igual es bueno empezar el día con buena cara... ande, tómesela antes de que se enfríe.

La recibió tratando de dar las gracias con su mirada porque hacía mucho tiempo se había olvidado de sonreír. Ya no la necesitaba y sabía que no se la iba a tomar, pero acerco su cara al vapor que salía para sentir ese aroma dulce que le recordaba su infancia, a su abuela.

Apenas se quedó solo se puso en pie de un salto, como si un resorte lo impulsará a dar los pasos que debía. Salió a toda prisa por el sendero que bordeaba el filo de la montaña e iba dejando atrás las 3 primeras lagunas en las que se veía reflejado el plomo mate de las nubes.



Seguía un ascenso difícil, el paso de Cusirí. Antes, cada vez que llegaba a la base de este pico se sentía desanimado. Quería devolverse sólo de pensar en enfrentarse a esa escalera de piedra que parecía interminable. Pero esta vez sintió algo parecido a un descanso, ya nunca tendría que volver a pasar por allí.

Le tomó más de 2 horas alcanzar la cumbre. Caminaba fijándose en cada piedra, en cada planta que trataba de retar al viento aferrándose con sus delgadas raíces a cualquier saliente de la roca.
Vano esfuerzo, pensó. Al final el viento siempre gana. Con tiempo suficiente el viento y el agua acaban hasta con la montaña más alta. Tiempo... ahora lo tendré todo.

Desde la cima no podía ver el camino que le esperaba. La niebla lo cubría todo, era difícil ver a más de 10 metros de distancia, pero sabía que abajo lo estaba esperando una quebrada cristalina cuyo sonido muchas veces lo había ayudado a conciliar el sueño.

Comenzó a llover. Era una llovizna fina, pero heria más que el granizo. A 4.000 metros cada gota de agua se convertía en un una fina aguja que le arañaba la piel allí donde caía.



— Debí traer el pasamontañas... que estupideces pienso... ya no lo necesito, ni la carpa, ni el saco de dormir, ni estos guantes. Se los quitó, dejándolos sobre una de las señales que los montañistas hacen para marcar el camino. Estaba cubierta de hielo que poco a poco empezaba a derretirse.

Cuando llego a la fina arena que se acumulaba en una de las curvas que daba este pequeño río antes de despeñarse hacia el llano, se agacho y con sus manos trato de agarrar un poco del agua que, como su vida anterior, se escapaba entre sus dedos. Nunca antes le había sabido tan bien.

— Esta debe ser el agua más deliciosa del mundo. Se sintió reconfortado y busco en su memoria para descubrir si antes le había parecido tan refrescante o era simplemente que por fin la había empezado a apreciar. 

— Esta bien volver a sentir algo— se dijo, aunque sólo sea nostalgia por todas esas cosas a las que nunca antes les había dado valor alguno.



— Quisiera que estas nubes se disiparan y me dejaran ver la montaña completamente.

Como si su deseo fuese una plegaria y la montaña una diosa benevolente que hubiera escuchado, el sol empezó a rasgar el grueso manto de nubes. El tiempo arriba siempre es extraño, puedes estar en medio de un sol resplandeciente y un minuto después estar caminando a ciegas entre la niebla.

Aún cuando la lluvia lo había empapado sentía el sudor correr por su cuerpo. No podía parar todavía, por delante le quedaba una cuesta, no tan empinada como la anterior, pero mucho más desgastante. Era una serie de dunas rojas que se ocultaban detrás de la que la precedía. Por eso cada vez que creía que había llegado a la cumbre el desconcierto era total al ver que otra aguardaba en silencio, como burlándose del esfuerzo anterior. En la mitad de esta serie infinita de cuestas lo sorprendió una especie de frailejón, blanco como la nieve coronado con un montón de flores amarillas que parecían brillar en ese jardín de piedras.



— Es como yo, siempre fuera de lugar— inmediatamente volvió a reír. No, no era risa, era una burla.
— Compararme con algo tan bello, que pese a todas las probabilidades ha logrado crecer tanto y ofrecer sus flores al viento... no valgo lo que uno solo de sus pétalos, en mi vida solo dejé espinas, tal vez las flores lleguen a mi tumba...

Pasaron cuatro horas más de camino, aunque no se dio cuenta. Mientras andaba las imágenes que pasaban por su mente le parecían a veces una alucinación y otras veces como si estuviera pensando en la vida de otra persona. Los recuerdos se fundían con sueños rotos y con pesadillas hechas realidad. No noto cuando cruzó por el mojón que marcaba la cima de Patio Bolos, y eso que éste debía medir por lo menos 3 metros de altura.



Fue consciente del camino cuando a su izquierda vio el abrigo rocoso que había sido su refugio la primera vez que lo recorrió. Recordó como no había podido dormir en toda la noche pensando que la montaña se le venía encima, sintiendo las gotas de agua que se filtraban por las grietas y cuyo sonido perforaba sus miedos.


En su primer viaje fue amor a primera vista. El viento, el agua y la montaña le ofrecían el paisaje más hermoso que sus ojos habían visto hasta ese momento. Muchos años después seguía soñando con ella, sentía que le hablaba, incluso llegó a sentir que lo protegía. Deben ser las 3 de la tarde se dijo. Empezó a crecer en su interior la ansiedad que le producía saber que ya estaba cerca. 15 minutos después la vio por fin. Hermosa, tranquila, majestuosa. No pudo evitar que una lágrima se escapara de sus ojos.


Pasó al lado de los mojones de piedra que había dejado en cada una de sus visitas. Acomodo algunas piedras que se habían caído y fue a sentarse a la orilla de la laguna de la Plaza. Toco el agua con sus dedos y por última vez se sintió feliz.

Allí se quedó mirando su reflejo en el agua. Pero lo que veía ya no era su rostro. Era su miedo, su angustia, su melancolía y su incontenible raudal de excusas, y por fin lloró. Lloro por mucho tiempo, las lágrimas corrían por sus mejillas e iban a fundirse con ella, llevándose la culpa y el temor que había dominado su vida. Ya no sentía miedo, ni frío, ni hambre, ni ganas de ser otro o tener más cosas que las que había logrado conseguir. Se perdonó.

Las estrellas empezaban a brillar en el cielo. Se quedó mirándolas por un largo rato. Ese cielo colmado de estrellas le dio su última lección, la lección de lo eterno. Era hora de irse. se quitó las gafas, tampoco las iba a necesitar más.

Volvió a la cueva que había sido su hogar aquella noche hace algunos años. Ya no temía que se le viniera encima. Se sentó con su espalda contra la fría roca y empezó a sentir los temblores de la hipotermia. Era su cuerpo tratando de protegerse contra el frío, pero su mente ya no quería seguir luchando. Después de un rato cesaron los temblores y una súbita paz se apoderó de su ser. 

Empezó a ver su cuerpo como si estuviera flotando por encima de sí mismo. Ya no era carne, el frío de la noche lo había convertido en roca. Ya no tenía boca, ni ojos, ni orejas. Eran solo grietas, el agua se filtraba entre ellas y empezaban a desmoronarlo. Luego se convirtió en arena, arena que se llevaba la lluvia y la dispersaba por la montaña.


Había dejado de ser uno para ser parte del todo. Había dejado de estar en un solo sitio para estar en todos al mismo tiempo.